#title La Palestina ensangrentada #author Camillo Berneri #date 1929 #source Recuperado en octubre de 2026 desde [[https://www.panarchy.org/berneri/palestina.html][Panarchy]] #lang es #pubdate 2026-10-07T13:12:00 #topics Palestina, Islam, Sionismo, Israel, colonización, #notes Título original: *La Palestina insanguinata; ¡Vogliamo!* Revista mensual de cultura social, histórica y literaria, Biasca-Annemasse-Lugano, año I, n.º 4, noviembre de 1929. Traducido y editado en octubre de 2026 por [[https://opencollective.com/la-conquista-del-panda][La Conquista del Panda]] bajo licencia [[https://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/deed.ca][CC BY-NC-SA 4.0]] Dos décadas antes de la fundación del Estado de Israel, Camillo Berneri advirtió del peligro de un derramamiento de sangre en Palestina, ya que los sionistas querían convertirse en los nuevos amos de ese territorio. Para Berneri, el sionismo no era solo una cortina de humo para la política imperialista británica, sino también una amenaza nacionalista y hegemónica para la coexistencia pacífica entre los nuevos colonizadores y los habitantes históricos de Palestina. Lo que, en cambio, era necesario era una situación de plena tolerancia hacia los judíos en Europa, porque solo así se podría resolver verdaderamente el problema del sionismo. ------ Dejemos en paz el «Muro de las Lamentaciones». No es más que el fondo del cuadro. Simbólicamente se le puede considerar el centro de la tragedia, pero históricamente no lo es. Al muro de Salomón, que jurídicamente pertenece a los árabes, los judíos acudían libremente todos los viernes, desde hace diez años, para llorar la desesperación y las desgracias de su pueblo. La furia árabe nunca se ha cebado contra el elemento judío ortodoxo. Los árabes son tolerantes en materia religiosa, como buenos mahometanos. Su «fanatismo» se explica más por datos demográficos que por reminiscencias históricas y especulaciones psicológicas. La revuelta árabe ha sido, por circunstancias, antijudía; por naturaleza, simplemente xenófoba. Tengo ante mis ojos dos entrevistas: una del doctor Weizmann, presidente de la Organización Sionista Universal, y otra de Amein Hussein, líder religioso de los árabes de Palestina. El primero afirma que es necesario que los árabes comprendan que Inglaterra no quiere modificar en absoluto su política de protección del sionismo; que es necesario facilitar la inmigración judía en la mayor medida posible. El segundo reafirma que el actual Gobierno de Palestina es contrario, tanto en su Constitución como en su política, a los árabes; exige la adopción de una forma de gobierno democrática, en la que estén representados todos los habitantes de Palestina de manera proporcional, y el abandono de la política inglesa a favor del desarrollo de un «centro nacional judío», especialmente en lo que respecta a la inmigración. Dos posiciones claramente opuestas. Un conflicto difícilmente resoluble. ¿De qué lado está la razón? Del lado de los árabes. El sentimentalismo está fuera de lugar. Si la prensa mundial ha dado cuenta de las víctimas judías y ha descrito las horribles escenas de las masacres de colonos sionistas indefensos; si existe una justa tradición de compasión hacia los judíos víctimas de leyes absurdas e injustas y masacrados en los pogromos; si es admirable el esfuerzo sionista, todo ello se ve contrarrestado por el peso de las víctimas árabes, por el hecho de que el sionismo sirve de tapadera a la política imperialista británica y al régimen de desigualdad que impera en Palestina. Los judíos se han declarado seguros de que en el futuro serán los hegemones en Palestina. Los árabes han visto bajar a cientos de judíos de cada barco de vapor que llegaba a Jaffa y a Haifa, han visto cómo los judíos ocupaban las zonas más propicias de su territorio, han visto cómo pasaban a manos de los judíos tierras que los agricultores árabes habían hecho fértiles, han visto cómo la mayor parte de los gastos en obras públicas beneficiaban a la comunidad sionista, han sido testigos de los enormes negocios de reventa de tierras compradas por muy poco dinero y se les ha negado la convocatoria del Parlamento palestino. Antes de la guerra europea, las colonias agrícolas sionistas habían llegado a ser 43, con unos 13 000 habitantes. Con la ocupación británica de Palestina (diciembre de 1917), Lord Balfour se convirtió en protector del sionismo. Dicha protección dio lugar a una inmigración judía a gran escala. En 1919, los judíos en Palestina eran 57 000; desde ese año hasta 1927 aumentaron en 90 200 personas. Los inmigrantes entre 1922 y 1927 ascendieron en total a 77 792. El punto álgido de la inmigración se alcanzó en 1925, con 35 801 personas. Después de 1925, la inmigración descendió rápidamente, hasta tal punto que en 1927 la cifra se situó en 2 788 personas. Al mismo tiempo se produjo un éxodo que, a partir de 1925, ascendió a más de 7 500 personas. ¿Qué significan estas cifras? Significan lo siguiente: tras el primer impulso hacia la tierra prometida, se produjo una crisis debido a la lentitud con la que el entorno era capaz de absorber la inmigración. Si se tiene en cuenta la naturaleza predominante del suelo y la densidad de población (38 habitantes por km²), así como la proporción entre la población árabe (80 %) y la judía (19 %), el contraste económico mencionado anteriormente se hace muy evidente. Pero el dato demográfico no es lo más importante. Lo que preocupa a los círculos interesados es la naturaleza de la inmigración judía, seleccionada económicamente y dotada técnicamente de capital. La Ordenanza de Inmigración de 1925 establece que el inmigrante judío debe poseer al menos 60 libras de ingresos anuales o al menos 250 libras de capital. La inmigración judía está, por lo tanto, compuesta casi en su totalidad por personas acomodadas. A esto hay que añadir que muchos de los colonos judíos cuentan con formación técnica (ingenieros, agrónomos, profesores de ciencias, etc.). Los árabes no pueden, por tanto, hacer frente a la competencia: debido a la desigualdad administrativa a favor de los judíos, al acaparamiento judío de las mejores tierras y a la unión de capital y capacidad técnica que caracteriza a la colonización sionista. La solución no puede ser la que defiende el líder del sionismo, sino la que defiende el líder de los musulmanes de Palestina. Pero Inglaterra tiene en Palestina una base de expansión hacia Asia Menor y no renunciará a su política de protección del sionismo. Por otra parte, hay millones de musulmanes en los territorios bajo dominio británico en Asia y África, y de ello deberá tener en cuenta en un futuro no muy lejano; tanto más cuanto que en Irak, Transjordania y Siria el descontento musulmán está lejos de haberse apaciguado. El problema del sionismo debe resolverse también en Europa, como una cuestión de tolerancia hacia los judíos. Basta con el hecho de que, en 1925, el 50,5% de los inmigrantes judíos en Palestina procedían de Polonia para demostrar que la idea de la reconstitución de la nación judía ha crecido y se ha desarrollado sobre un terreno de sufrimientos, temores e inferioridad que han convertido a los judíos, y siguen haciéndolo en algunos países, en una raza marginada. El muro de Salomón era el altar de un pueblo disperso y oprimido. Los sionistas quisieron convertirlo en un trono. Pero sobre ese muro desgastado se alza la mezquita de Amar en toda su bella grandiosidad. Tras Roma, destructora y perseguidora, ha avanzado el árabe musulmán. ¿Han encontrado los judíos en Inglaterra al aliado que podrá dispersar al pueblo de Mahoma? El problema de Palestina es este: o los árabes o los judíos. La tierra es demasiado estrecha para que puedan poblarla unos y otros, en una convivencia pacífica y libre. Los sionistas que pretenden abrir Palestina a un flujo migratorio judío ilimitado no pueden sino desear la diáspora árabe. Pero el pueblo de Judá era un conjunto de tribus de creyentes. Era la religión la que constituía la nación. El pueblo árabe de Palestina es una fracción del mundo islámico. Y el islam no se dispersa, porque tiene muchos centros vitales y un ámbito de vida que abarca gran parte del mundo. Si los sionistas no son capaces de ver el problema con claridad, se verán expulsados de Palestina. El éxodo de los colonos de los sangrientos oasis judíos debería ser una advertencia. Por desgracia, en Londres se piden lecciones ejemplares; y nueva sangre empapará los terrones y las arenas de Palestina. Si se sigue sembrando este odio, los frutos de la colonización sionista no podrán ser más que amargos.