#title ¿Qué es un anarquista? #author Émile Armand #date 1925 #source [[https://theanarchistlibrary.org/library/emile-armand-what-is-an-anarchist][*What is an Anarchist?*]] #lang es #pubdate 2022-09-28T22:00:00 #topics Individualismo, Anarquismo, #notes Fuente: Brochure Mensuelle número 26, Febrero de 1925; Traducido al inglés por Mitchell Abidor en septiembre de 2022. Un caos de seres, de actos y de ideas; una lucha desordenada, amarga y despiadada; una mentira perpetua, una rueda que gira ciegamente, que un día coloca a alguien en la cúspide y al día siguiente lo aplasta: éstas son sólo algunas de las imágenes que describen la sociedad actual, si es que es posible representarla. El pincel del más grande de los pintores y la pluma del más grande de los escritores se astillarían como el cristal si los empleáramos para expresar siquiera un lejano eco del tumulto y el barullo que representa el choque de los apetitos, las aspiraciones, los odios y las devociones que chocan y mezclan las diferentes categorías entre las que se reparten los hombres. ¿Quién podrá expresar con precisión la batalla inacabada entre los intereses privados y las necesidades colectivas? ¿Los sentimientos de los individuos y la lógica de las generalidades? Todo esto constituye la sociedad actual, y nada de esto basta para describirla. Una minoría que posee la facultad de producir y consumir y la posibilidad de existir parasitariamente en mil formas diferentes: propiedad fija y móvil, capital como herramientas o como fondos, capital como enseñanza y capital como educación. Frente a ella una inmensa mayoría, que no posee más que sus brazos o sus cerebros u otros órganos productivos que se ve obligada a alquilar, arrendar o prostituir, no sólo para procurarse lo que necesita para no morir de hambre, sino también para permitir que un pequeño número de poseedores del poder o de la propiedad o de los valores de cambio vivan más o menos en el lujo a su costa. Una masa, ricos y pobres, esclavos de prejuicios inmemoriales y hereditarios, unos porque les interesa, los otros porque están hundidos en la ignorancia o no quieren salir de ella. Una multitud cuyo culto es el del dinero y el prototipo del hombre rico, el gobierno de los mediocres incapaces tanto de grandes vicios como de grandes virtudes. Y la masa de degenerados en lo alto y en lo bajo, sin aspiraciones profundas, sin otra meta que la de llegar a una posición de disfrute y holgura, aunque sea aplastando, si es necesario, a los amigos de ayer, se convierten en los oprimidos de hoy. Un estado provisional que amenaza incesantemente con transformarse en definitivo, y un estado definitivo que amenaza con no ser nunca más que provisional. Vidas que desmienten las convicciones que se profesan, y convicciones que sirven de trampolín para ambiciones torcidas. Los librepensadores que se muestran más clericales que los clericales, y los creyentes que se muestran groseramente materialistas. El individuo superficial que quiere pasar por profundo y el individuo profundo que no consigue ser tomado en serio. Nadie negará que se trata de un retrato de la sociedad, y ninguna persona pensante dejará de ver que este cuadro ni siquiera empieza a representar la realidad. ¿Por qué? Porque hay una máscara colocada delante de cada rostro; porque a nadie le importa ser, porque todos aspiran sólo a parecer. Parecer: este es el ideal supremo, y si deseamos tan ávidamente la facilidad y la riqueza, es para parecer, ya que sólo el dinero permite ahora hacer una impresión. Esta manía, esta pasión, esta carrera por las apariencias, por lo que puede procurarlas, devora tanto al rico como al vagabundo, al más erudito como al analfabeto. El obrero que maldice a su capataz desea convertirse en uno a su vez; el comerciante que evalúa su honor comercial como de un precio inigualable no duda en realizar tratos deshonrosos; el pequeño comerciante, miembro de comités electorales patrióticos y nacionalistas, se apresura a transmitir sus pedidos a fabricantes extranjeros en cuanto lo encuentra rentable. El abogado socialista, defensor del proletariado empobrecido que se agolpa en las zonas malolientes de la ciudad, pasa sus vacaciones en un castillo o reside en los barrios ricos de la ciudad, donde abunda el aire fresco. El librepensador sigue casándose de buen grado en la iglesia, y a menudo hace bautizar allí a sus hijos. El religioso no se atreve a expresar sus ideas, ya que ridiculizar la religión es lo que se hace. ¿Dónde está la sinceridad? La gangrena se ha extendido por todas partes. Lo encontramos en la familia, donde a menudo el padre, la madre y los hijos se odian y se engañan mientras dicen que se quieren, mientras se hacen creer que sienten afecto el uno por el otro. Lo vemos en la pareja, donde el marido y la mujer no destinados el uno al otro se traicionan, sin atreverse a romper los lazos que los unen. Está a la vista en los grupos, donde cada uno busca suplantar a su vecino en la estima del presidente, el secretario o el tesorero, mientras espera asumir su lugar cuando ya no los necesiten. Abunda en los actos de devoción, en los actos públicos, en las conversaciones privadas, en las arengas oficiales. ¡Parecer! ¡Parecer! Parecer puro, desinteresado y generoso, cuando al mismo tiempo consideramos la pureza, el desinterés y la generosidad como una vana tontería; parecer moral, honesto y virtuoso cuando la probidad, la virtud y la moralidad son las menores preocupaciones de quienes las profesan. ¿Dónde se puede encontrar una persona que escape a la corrupción, que consienta en no parecerlo? No decimos que hayamos conocido a alguien así. Observamos que los individuos sinceros, eminentemente sinceros, son raros. Afirmamos que el número de seres humanos que trabajan desinteresadamente es bastante limitado. Con razón o sin ella, tengo más respeto por el individuo que admite cínicamente querer disfrutar de la vida beneficiándose de los demás que por el burgués liberal y filántropo cuyos labios resuenan con palabras grandiosas, pero cuya fortuna se construye sobre la explotación encubierta de los desafortunados. Se objetará que nos dejamos llevar por nuestra indignación. Que en primer lugar nada demuestra que nuestra ira e invectivas no sean también una forma de parecer. Atención: lo que encontrará aquí son observaciones, opiniones, tesis: se dejará al lector que determine su valor. Las páginas que siguen no están marcadas con el sello de la infalibilidad. No buscamos convertir a nadie a nuestro punto de vista. Nuestro objetivo es hacer reflexionar a quienes navegan por estas páginas, con el derecho de aceptar o rechazar lo que no esté de acuerdo con sus propias convicciones. Se objetará que esto es tratar la cuestión a un nivel demasiado alto, o desde un punto de vista metafísico; que debemos descender al nivel de la realidad concreta. La realidad es ésta: que la sociedad actual es el resultado de un largo proceso histórico, tal vez aún incipiente; que la humanidad -o las distintas humanidades- están simplemente a punto de buscar o preparar su camino, que van a tientas y a trompicones; que pierden el rumbo, lo vuelven a encontrar, avanzan, retroceden, se pierden; que a veces se ven sacudidas hasta los cimientos por ciertas crisis, arrastradas, lanzadas al camino del destino y que luego se frenan o marchan en su sitio; que rascando el lustre, el barniz la superficie de las civilizaciones contemporáneas pondríamos al descubierto los balbuceos, el infantilismo y las supersticiones de la prehistoria. ¿Quién lo niega? Aceptamos que todas estas cosas hacen que el "problema humano" sea singularmente complejo. Por último, se objetará que es una locura pretender descubrir, establecer la responsabilidad del individuo; que éste está sumergido, absorbido en su entorno; que sus ideas reflejan las ideas y sus actos los actos de los que le rodean; que no puede ser de otra manera, y si de arriba a abajo de la escala social se aspira a "parecer" y no a "ser", la culpa es del estadio actual de la evolución general y no del individuo, miembro de la sociedad, minúsculo átomo perdido en un agregado formidable. Respondemos honestamente que no pretendemos escribir para todos los seres que componen la sociedad. Que se nos entienda: nos dirigimos a los que piensan o están en proceso de pensar, a los que se han impacientado por esperar a la masa, a los que no pueden o no quieren pensar; a los que no se adaptan a las apariencias y a los que la etapa actual de la sociedad no satisface. Escribimos para los curiosos, para los pensadores, para los críticos, para los que no se conforman con fórmulas o soluciones vacías. Es lo uno o lo otro: o no hay nada más que hacer que dejar que la inevitable evolución siga su curso, inclinarse cobardemente ante las circunstancias, asistir pasivamente al desfile de los acontecimientos y admitir que, a la espera de algo mejor, todo es para bien en la mejor de las sociedades. Nuestras tesis y opiniones no interesarán a quienes comparten esta forma de ver las cosas. Alternativamente, sin armarse de un optimismo exagerado, se puede salir de los caminos principales, retirarse a una gran altura, cuestionarse, buscar en sí mismo las raíces de nuestro propio malestar. Nos dirigimos a los que no están satisfechos con la sociedad actual, a los que tienen sed de vida real, de actividad real y sólo encuentran lo artificial y lo irreal a su alrededor. Hay quienes están sedientos de armonía y se preguntan por qué el desorden y las luchas fratricidas abundan a su alrededor... Concluyamos: el espíritu que reflexiona y considera atentamente a los hombres y a las cosas encuentra en el conjunto de cosas que llamamos sociedad una barrera casi insuperable para la vida individual verdaderamente libre e independiente. Esto le basta para calificarla de malvada, y para desear su desaparición