Emma Goldman

Patriotismo

Una amenaza para la libertad

1908

¿QUÉ es el patriotismo? ¿Es el amor por el lugar donde uno nació, el lugar de los recuerdos y las esperanzas de la infancia, de los sueños y las aspiraciones? ¿Es el lugar donde, con ingenuidad infantil, contemplábamos las nubes fugaces y nos preguntábamos por qué nosotros tampoco podíamos correr tan rápido? ¿El lugar donde contábamos los miles de millones de estrellas centelleantes, aterrorizados ante la idea de que cada una de ellas fuera «un ojo» que traspasara lo más profundo de nuestras pequeñas almas? ¿Es el lugar donde escuchábamos el canto de los pájaros y anhelábamos tener alas para volar, como ellos, hacia tierras lejanas? ¿O el lugar donde nos sentábamos a los pies de nuestra madre, embelesados por maravillosos relatos de grandes hazañas y conquistas? En resumen, ¿es el amor por ese lugar, donde cada pulgada representa recuerdos queridos y preciosos de una infancia feliz, alegre y juguetona?

Si eso fuera patriotismo, pocos hombres estadounidenses de hoy en día podrían considerarse patriotas, ya que el lugar de juego se ha convertido en fábrica, molino y mina, mientras que los sonidos ensordecedores de la maquinaria han sustituido a la música de los pájaros. Tampoco podemos ya escuchar las historias de grandes hazañas, pues las que cuentan hoy nuestras madres no son más que historias de dolor, lágrimas y aflicción.

¿Qué es, entonces, el patriotismo? «El patriotismo, señor, es el último recurso de los sinvergüenzas», dijo el Dr. Johnson. León Tolstói, el mayor antipatriota de nuestro tiempo, define el patriotismo como el principio que justifica la formación de asesinos en masa; un oficio que requiere mejor equipamiento para el ejercicio del asesinato que para la fabricación de artículos de primera necesidad como zapatos, ropa y viviendas; un oficio que garantiza mejores beneficios y mayor gloria que el del trabajador medio.

Gustave Hervé [1], otro gran antipatriota, califica acertadamente el patriotismo de superstición —una mucho más perjudicial, brutal e inhumana que la religión—. La superstición de la religión tuvo su origen en la incapacidad del hombre para explicar los fenómenos naturales. Es decir, cuando el hombre primitivo oía un trueno o veía un relámpago, no podía dar una explicación a ninguno de ellos y, por lo tanto, concluía que detrás de ellos debía de haber una fuerza mayor que él mismo. Del mismo modo, veía una fuerza sobrenatural en la lluvia y en los diversos cambios que se producen en la naturaleza. El patriotismo, por el contrario, es una superstición creada artificialmente y mantenida a través de una red de mentiras y falsedades; una superstición que despoja al hombre de su autoestima y dignidad, y aumenta su arrogancia y vanidad.

De hecho, la vanidad, la arrogancia y el egoísmo son los elementos esenciales del patriotismo. Permítanme ilustrarlo. El patriotismo parte de la base de que nuestro planeta está dividido en pequeños rincones, cada uno rodeado por una verja de hierro. Quienes han tenido la suerte de nacer en un rincón concreto se consideran mejores, más nobles, más grandiosos y más inteligentes que los seres vivos que habitan en cualquier otro rincón. Por lo tanto, es deber de todo aquel que vive en ese rincón elegido luchar, matar y morir en el intento de imponer su superioridad sobre todos los demás.

Los habitantes de los demás lugares razonan de la misma manera, por supuesto, con el resultado de que, desde la más tierna infancia, la mente del niño se ve envenenada con historias espeluznantes sobre los alemanes, los franceses, los italianos, los rusos, etc. Cuando el niño alcanza la edad adulta, está completamente imbuido de la creencia de que ha sido elegido por el propio Señor para defender a su país contra el ataque o la invasión de cualquier extranjero. Es con ese fin por el que clamamos por un ejército y una marina más grandes, más acorazados y munición. Es con ese fin por el que Estados Unidos ha gastado en poco tiempo cuatrocientos millones de dólares. Piénsenlo: cuatrocientos millones de dólares sacados de los ingresos del pueblo. Porque, sin duda, no son los ricos quienes contribuyen al patriotismo. Son cosmopolitas, se sienten perfectamente a gusto en cualquier tierra. En Estados Unidos conocemos bien la verdad de esto. ¿Acaso nuestros estadounidenses ricos no son franceses en Francia, alemanes en Alemania o ingleses en Inglaterra? ¿Y no dilapidan con elegancia cosmopolita las fortunas amasadas por los niños de las fábricas estadounidenses y los esclavos del algodón? Sí, el suyo es ese patriotismo que hace posible enviar mensajes de condolencia a un déspota como el zar ruso cuando le sobreviene alguna desgracia, tal y como hizo el presidente Roosevelt [2] en nombre de su pueblo cuando Sergio [3] fue castigado por los revolucionarios rusos.

Es un patriotismo que ayudará al archicriminal Díaz [4] a destruir miles de vidas en México, o que incluso contribuirá a detener a revolucionarios mexicanos en territorio estadounidense y a mantenerlos encarcelados en prisiones estadounidenses, sin la más mínima causa ni razón.

Pero, en definitiva, el patriotismo no es para quienes representan la riqueza y el poder. Es suficiente para el pueblo. Recuerda la sabiduría histórica de Federico el Grande, el amigo íntimo de Voltaire, quien dijo: «La religión es un fraude, pero debe mantenerse para las masas».

Que el patriotismo es una institución bastante costosa, nadie lo dudará tras examinar las siguientes estadísticas. El aumento progresivo de los gastos destinados a los principales ejércitos y armadas del mundo durante el último cuarto de siglo es un hecho de tal gravedad que sorprende a cualquier estudioso reflexivo de los problemas económicos. Se puede ilustrar brevemente dividiendo el periodo comprendido entre 1881 y 1905 en tramos de cinco años y observando los desembolsos de varias grandes naciones destinados al ejército y la armada durante el primer y el último de esos tramos. Desde el primer hasta el último de los períodos señalados, los gastos de Gran Bretaña aumentaron de 2.101.848.936 dólares a 4.143.226.885 dólares, los de Francia de 3.324.500.000 dólares a 3.455.109.900 dólares, los de Alemania, de 725 000 200 dólares a 2 700 375 600 dólares; los de Estados Unidos, de 1 275 500 750 dólares a 2 650 900 450 dólares; los de Rusia, de 1.900.975.500 dólares a 5.250.445.100 dólares; los de Italia, de 1.600.975.750 dólares a 1.755.500.100 dólares; y los de Japón, de 182.900.500 dólares a 700.925.475 dólares.

Los gastos militares de cada una de las naciones mencionadas aumentaron en cada uno de los períodos quinquenales analizados. Durante todo el intervalo comprendido entre 1881 y 1905, el gasto de Gran Bretaña en su ejército se cuadruplicó; el de Estados Unidos se triplicó; el de Rusia se duplicó; el de Alemania aumentó un 35 por ciento; el de Francia, alrededor de un 15 por ciento; y el de Japón, casi un 500 por ciento. Si comparamos los gastos de estas naciones en sus ejércitos con sus gastos totales durante los veinticinco años que finalizaron en 1905, la proporción aumentó de la siguiente manera:

En Gran Bretaña, del 20 % al 37 %; en Estados Unidos, del 15 % al 23 %; en Francia, del 16 % al 18 %; en Italia, del 12 % al 15 %; y en Japón, del 12 % al 14 %. Por otra parte, resulta interesante observar que la proporción en Alemania disminuyó de aproximadamente el 58 % al 25 %, debiéndose esta disminución al enorme aumento de los gastos imperiales destinados a otros fines, si bien es cierto que los gastos militares correspondientes al período 1901-1905 fueron superiores a los de cualquier otro quinquenio anterior. Las estadísticas muestran que los países en los que los gastos militares son mayores, en proporción a los ingresos nacionales totales, son Gran Bretaña, Estados Unidos, Japón, Francia e Italia, por este orden.

Los datos relativos al coste de las grandes armadas son igualmente impresionantes. Durante los veinticinco años que finalizaron en 1905, los gastos navales aumentaron aproximadamente de la siguiente manera: Gran Bretaña, un 300 %; Francia, un 60 %; Alemania, un 600 %; Estados Unidos, un 525 %; Rusia, un 300 %; Italia, un 250 %; y Japón, un 700 %. Con la excepción de Gran Bretaña, Estados Unidos gasta más en fines navales que cualquier otra nación, y este gasto representa además una proporción mayor del total de los desembolsos nacionales que el de cualquier otra potencia. En el período 1881-1885, el gasto destinado a la Armada de los Estados Unidos fue de 6,20 dólares de cada 100 asignados a todos los fines nacionales; la cantidad ascendió a 6,60 dólares en el siguiente quinquenio, a 8,10 dólares en el siguiente, a 11,70 dólares en el siguiente y a 16,40 dólares en el período 1901-1905. Es prácticamente seguro que el gasto correspondiente al actual quinquenio registrará un aumento aún mayor.

El creciente coste del militarismo puede ilustrarse aún más si se calcula como un impuesto per cápita sobre la población. Desde el primero hasta el último de los períodos quinquenales tomados como base para las comparaciones aquí presentadas, ha aumentado de la siguiente manera: en Gran Bretaña, de 18,47 dólares a 52,50 dólares; en Francia, de 19,66 dólares a 23,62 dólares; en Alemania, de 10,17 dólares a 15,51 dólares; en Estados Unidos, de 5,62 dólares a 13,64 dólares; en Rusia, de 6,14 dólares a 8,37 dólares; en Italia, de 9,59 dólares a 11,24 dólares, y en Japón, de 86 céntimos a 3,11 dólares.

Es en relación con esta estimación aproximada del coste per cápita donde la carga económica del militarismo resulta más apreciable. La conclusión inevitable que se desprende de los datos disponibles es que el aumento del gasto destinado al ejército y la marina está superando rápidamente el crecimiento de la población en cada uno de los países considerados en el presente cálculo. En otras palabras, la persistencia de las crecientes exigencias del militarismo amenaza a cada una de esas naciones con un agotamiento progresivo tanto de hombres como de recursos.

El terrible derroche que exige el patriotismo debería bastar para curar de esta enfermedad incluso a una persona de inteligencia media. Sin embargo, el patriotismo exige aún más. Se insta al pueblo a ser patriota y, por ese lujo, paga no solo apoyando a sus «defensores», sino incluso sacrificando a sus propios hijos. El patriotismo exige lealtad a la bandera, lo que significa obediencia y disposición a matar al padre, a la madre, al hermano y a la hermana.

El argumento habitual es que necesitamos un ejército permanente para proteger al país de una invasión extranjera. Sin embargo, todo hombre y toda mujer inteligentes saben que se trata de un mito que se mantiene para asustar y coaccionar a los necios. Los gobiernos del mundo, al conocer los intereses de los demás, no se invaden entre sí. Han aprendido que pueden ganar mucho más mediante el arbitraje internacional de las disputas que mediante la guerra y la conquista. De hecho, como dijo Carlyle: «La guerra es una disputa entre dos ladrones demasiado cobardes para librar su propia batalla; por eso sacan a los muchachos de un pueblo y de otro, los visten con uniformes, los equipan con armas y los sueltan como bestias salvajes unos contra otros».

No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que todas las guerras tienen una causa similar. Tomemos como ejemplo nuestra propia guerra hispano-estadounidense [5], supuestamente un gran acontecimiento patriótico en la historia de Estados Unidos. ¡Cómo ardían nuestros corazones de indignación contra los atroces españoles! Es cierto que nuestra indignación no estalló de forma espontánea. Fue alimentada por meses de agitación periodística, y mucho después de que el «carnicero» Weyler [6] hubiera asesinado a muchos nobles cubanos y ultrajado a muchas mujeres cubanas. Aun así, para ser justos con la nación estadounidense, hay que decir que sí se indignó y estuvo dispuesta a luchar, y que luchó con valentía. Pero cuando el humo se disipó, los muertos fueron enterrados y el coste de la guerra recayó sobre el pueblo en forma de aumento del precio de los productos básicos y de los alquileres —es decir, cuando nos recuperamos de nuestro arrebato patriótico—, de repente caímos en la cuenta de que la causa de la guerra hispano-estadounidense fue la consideración del precio del azúcar; o, para ser más explícitos, que las vidas, la sangre y el dinero del pueblo estadounidense se utilizaron para proteger los intereses de los capitalistas estadounidenses, que se veían amenazados por el Gobierno español. Que esto no es una exageración, sino que se basa en hechos y cifras absolutos, queda mejor demostrado por la actitud del Gobierno estadounidense hacia la mano de obra cubana. Cuando Cuba estaba firmemente en manos de Estados Unidos, se ordenó a los mismos soldados enviados a liberarla que dispararan contra los trabajadores cubanos durante la gran huelga de los fabricantes de puros, que tuvo lugar poco después de la guerra.

Tampoco somos los únicos en librar guerras por tales causas. Empieza a levantarse el velo sobre los motivos de la terrible guerra ruso-japonesa [7], que costó tanta sangre y lágrimas. Y vemos de nuevo que, detrás del feroz Moloch de la guerra, se encuentra el dios aún más feroz del mercantilismo. Kuropatkin, ministro de Guerra ruso durante el conflicto ruso-japonés, ha revelado el verdadero secreto que se esconde tras este último. El zar y sus grandes duques, habiendo invertido dinero en concesiones coreanas, forzaron la guerra con el único propósito de acumular rápidamente grandes fortunas.

La afirmación de que un ejército y una marina permanentes son la mejor garantía de paz es tan lógica como la de que el ciudadano más pacífico es aquel que va por ahí fuertemente armado. La experiencia de la vida cotidiana demuestra plenamente que el individuo armado está invariablemente ansioso por poner a prueba su fuerza. Lo mismo es históricamente cierto en el caso de los gobiernos. Los países verdaderamente pacíficos no desperdician vidas ni energía en preparativos bélicos, con el resultado de que se mantiene la paz.

Sin embargo, el clamor por un aumento del ejército y la marina no se debe a ningún peligro extranjero. Se debe al temor ante el creciente descontento de las masas y al espíritu internacional que impera entre los trabajadores. Es para hacer frente al enemigo interno por lo que las autoridades de diversos países se están preparando; un enemigo que, una vez que despierte a la conciencia, resultará más peligroso que cualquier invasor extranjero.

Los poderes que llevan siglos dedicados a esclavizar a las masas han estudiado a fondo su psicología. Saben que el pueblo en general es como un niño cuya desesperación, pena y lágrimas pueden convertirse en alegría con un pequeño juguete. Y cuanto más vistoso sea el juguete, cuanto más llamativos sean sus colores, más atraerá a ese niño de un millón de cabezas.

El ejército y la marina representan los juguetes del pueblo. Para hacerlos más atractivos y aceptables, se gastan cientos y miles de dólares en la exhibición de estos juguetes. Ese era el propósito del Gobierno estadounidense al equipar una flota y enviarla a lo largo de la costa del Pacífico: que todos los ciudadanos estadounidenses sintieran el orgullo y la gloria de los Estados Unidos. La ciudad de San Francisco gastó cien mil dólares en el entretenimiento de la flota; Los Ángeles, sesenta mil; Seattle y Tacoma, unos cien mil. ¿He dicho «para entretener a la flota»? Para agasajar con comida y vino a unos pocos oficiales superiores, mientras que los «valientes muchachos» tuvieron que amotinarse para conseguir comida suficiente. Sí, se gastaron doscientos sesenta mil dólares en fuegos artificiales, veladas teatrales y juergas, en un momento en que hombres, mujeres y niños a lo largo y ancho del país se morían de hambre en las calles; cuando miles de desempleados estaban dispuestos a vender su mano de obra a cualquier precio.

¡Doscientos sesenta mil dólares! ¿Qué no se habría podido lograr con una suma tan enorme? Pero en lugar de pan y refugio, se llevó a los niños de esas ciudades a ver la flota, para que quedara, como decía uno de los periódicos, «un recuerdo imborrable para el niño».

Sin embargo, el clamor por un aumento del ejército y la marina no se debe a ningún peligro extranjero. Se debe al temor ante el creciente descontento de las masas y al espíritu internacional que impera entre los trabajadores. Es para hacer frente al enemigo interno por lo que las autoridades de diversos países se están preparando; un enemigo que, una vez que despierte a la conciencia, resultará más peligroso que cualquier invasor extranjero.

Los poderes que llevan siglos dedicados a esclavizar a las masas han estudiado a fondo su psicología. Saben que el pueblo en general es como un niño cuya desesperación, pena y lágrimas pueden convertirse en alegría con un pequeño juguete. Y cuanto más vistoso sea el juguete, cuanto más llamativos sean sus colores, más atraerá a ese niño de un millón de cabezas.

El ejército y la marina representan los juguetes del pueblo. Para hacerlos más atractivos y aceptables, se gastan cientos y miles de dólares en la exhibición de estos juguetes. Ese era el propósito del Gobierno estadounidense al equipar una flota y enviarla a lo largo de la costa del Pacífico: que todos los ciudadanos estadounidenses sintieran el orgullo y la gloria de los Estados Unidos. La ciudad de San Francisco gastó cien mil dólares en el entretenimiento de la flota; Los Ángeles, sesenta mil; Seattle y Tacoma, unos cien mil. ¿He dicho «para entretener a la flota»? Para agasajar con comida y vino a unos pocos oficiales superiores, mientras que los «valientes muchachos» tuvieron que amotinarse para conseguir comida suficiente. Sí, se gastaron doscientos sesenta mil dólares en fuegos artificiales, veladas teatrales y juergas, en un momento en que hombres, mujeres y niños a lo largo y ancho del país se morían de hambre en las calles; cuando miles de desempleados estaban dispuestos a vender su mano de obra a cualquier precio.

¡Doscientos sesenta mil dólares! ¿Qué no se habría podido lograr con una suma tan enorme? Pero en lugar de pan y refugio, se llevó a los niños de esas ciudades a ver la flota, para que quedara, como decía uno de los periódicos, «un recuerdo imborrable para el niño».

Algo maravilloso para recordar, ¿no es así? Los instrumentos de la matanza civilizada. Si la mente del niño va a ser envenenada con tales recuerdos, ¿qué esperanza queda de que se haga realidad la verdadera hermandad humana?

Los estadounidenses afirmamos ser un pueblo amante de la paz. Odiamos el derramamiento de sangre; nos oponemos a la violencia. Sin embargo, nos embarga un éxtasis de alegría ante la posibilidad de lanzar bombas de dinamita desde máquinas voladoras contra ciudadanos indefensos. Estamos dispuestos a ahorcar, electrocutar o linchar a cualquiera que, por necesidad económica, arriesgue su propia vida para atentar contra la de algún magnate industrial. Sin embargo, nuestros corazones se hinchan de orgullo ante la idea de que Estados Unidos se está convirtiendo en la nación más poderosa de la Tierra y de que, con el tiempo, pisoteará con su pie de hierro a todas las demás naciones.

Tal es la lógica del patriotismo.

Teniendo en cuenta las nefastas consecuencias que el patriotismo acarrea para el hombre común, estas no son nada comparadas con el insulto y el daño que el patriotismo inflige al propio soldado, esa pobre víctima engañada por la superstición y la ignorancia. Él, el salvador de su país, el protector de su nación, ¿qué le depara el patriotismo? Una vida de sumisión servil, vicio y perversión en tiempos de paz; una vida de peligro, exposición y muerte en tiempos de guerra.

Durante una reciente gira de conferencias en San Francisco, visité el Presidio, el lugar más bello con vistas a la bahía y al Golden Gate Park. Su finalidad debería haber sido servir de parques infantiles, jardines y espacios musicales para el esparcimiento de los cansados. En cambio, se ha convertido en un lugar feo, aburrido y gris a causa de los barracones, unos barracones en los que los ricos no permitirían que vivieran ni siquiera sus perros. En estas miserables chozas se apiña a los soldados como ganado; aquí malgastan su juventud, lustrando las botas y los botones de latón de sus oficiales superiores. Aquí también vi la distinción de clases: robustos hijos de una República libre, alineados como convictos, saludando a cada teniente insignificante que pasa. ¡La igualdad estadounidense, que degrada la hombría y ensalza el uniforme!

La vida en los cuarteles tiende, además, a fomentar tendencias de perversión sexual. Poco a poco está dando lugar, en este sentido, a resultados similares a los que se observan en el ejército europeo. Havelock Ellis, el destacado escritor sobre psicología sexual, ha realizado un estudio exhaustivo sobre el tema. Cito: «Algunos cuarteles son grandes centros de prostitución masculina... El número de soldados que se prostituyen es mayor de lo que estamos dispuestos a creer. No es exagerado afirmar que, en ciertos regimientos, la presunción se inclina a favor de la venalidad de la mayoría de los hombres… En las tardes de verano, Hyde Park y los alrededores de Albert Gate se llenan de guardias y otros que ejercen un animado oficio, sin apenas disimulo, ya sea en uniforme o sin él… En la mayoría de los casos, las ganancias suponen un cómodo complemento para el dinero de bolsillo de Tommy Atkins».

La medida en que esta perversión se ha extendido por el ejército y la marina puede juzgarse mejor a partir del hecho de que existen locales especiales para esta forma de prostitución. La práctica no se limita a Inglaterra; es universal. «Los soldados no son menos solicitados en Francia que en Inglaterra o en Alemania, y existen locales especiales para la prostitución militar tanto en París como en las ciudades de guarnición».

Si el señor Havelock Ellis hubiera incluido a Estados Unidos en su investigación sobre la perversión sexual, habría descubierto que en nuestro ejército y nuestra marina prevalecen las mismas condiciones que en los de otros países. El crecimiento del ejército permanente contribuye inevitablemente a la propagación de la perversión sexual; los cuarteles son las incubadoras.

Aparte de los efectos sexuales de la vida en los cuarteles, esta también tiende a incapacitar al soldado para realizar un trabajo útil tras abandonar el ejército. Los hombres con formación profesional rara vez se alistan en el ejército o la marina, pero incluso ellos, tras la experiencia militar, se ven totalmente incapacitados para sus antiguas ocupaciones. Al haber adquirido hábitos de ociosidad y un gusto por la emoción y la aventura, ninguna actividad pacífica puede satisfacerlos. Una vez licenciados del ejército, no pueden dedicarse a ningún trabajo útil. Pero suelen ser la chusma social, los presos liberados y similares, a quienes la lucha por la vida o su propia inclinación empuja a las filas. Estos, una vez finalizado su servicio militar, vuelven a su antigua vida delictiva, más embrutecidos y degradados que antes. Es un hecho bien conocido que en nuestras cárceles hay un buen número de exsoldados; mientras que, por otra parte, el ejército y la marina están, en gran medida, repletos de exconvictos.

De todas las consecuencias nefastas que acabo de describir, ninguna me parece tan perjudicial para la integridad humana como el espíritu que el patriotismo ha generado en el caso del soldado William Buwalda. Como creyó, de forma imprudente, que se puede ser soldado y ejercer al mismo tiempo los derechos propios de un hombre, las autoridades militares lo castigaron severamente. Es cierto que había servido a su país durante quince años, tiempo durante el cual su historial fue intachable. Según el general Funston, quien redujo la condena de Buwalda a tres años, «el primer deber de un oficial o de un soldado raso es la obediencia y la lealtad incuestionables al Gobierno, y da igual si está de acuerdo con ese Gobierno o no». De este modo, Funston define el verdadero carácter de la lealtad. Según él, el alistamiento en el ejército deroga los principios de la Declaración de Independencia.

¡Qué extraña interpretación del patriotismo es esa que convierte a un ser pensante en una máquina leal!

Para justificar esta sentencia tan escandalosa contra Buwalda, el general Funston afirma ante el pueblo estadounidense que la acción del soldado fue «un delito grave equiparable a la traición». Ahora bien, ¿en qué consistió realmente este «terrible delito»? Simplemente en esto: William Buwalda fue una de las mil quinientas personas que asistieron a un mitin público en San Francisco; y, ¡oh, horror!, estrechó la mano de la oradora, Emma Goldman. Un delito terrible, sin duda, que el general califica de «una grave falta militar, infinitamente peor que la deserción».

¿Puede haber una acusación más grave contra el patriotismo que el hecho de que, de este modo, tache a un hombre de criminal, lo encarcele y le prive de los frutos de quince años de fiel servicio?

Buwalda entregó a su país los mejores años de su vida y su propia hombría. Pero todo eso no sirvió de nada. El patriotismo es inexorable y, como todos los monstruos insaciables, exige todo o nada. No admite que un soldado sea también un ser humano, que tiene derecho a sus propios sentimientos y opiniones, a sus propias inclinaciones e ideas. No, el patriotismo no puede admitir eso. Esa es la lección que Buwalda se vio obligado a aprender; obligado a aprender a un precio bastante elevado, aunque no inútil. Cuando recuperó la libertad, había perdido su puesto en el ejército, pero recuperó su dignidad. Al fin y al cabo, eso vale más que tres años de prisión.

Un escritor especializado en las condiciones militares de Estados Unidos, en un artículo reciente, comentó el poder que ejerce el militar sobre el civil en Alemania. Dijo, entre otras cosas, que si nuestra República no tuviera otro sentido que garantizar la igualdad de derechos a todos los ciudadanos, tendría una razón de ser justificada. Estoy convencido de que el autor no se encontraba en Colorado durante el régimen «patriótico» del general Bell. Probablemente habría cambiado de opinión si hubiera visto cómo, en nombre del patriotismo y de la República, se metía a hombres en corrales, se les arrastraba de un lado a otro, se les expulsaba al otro lado de la frontera y se les sometía a todo tipo de indignidades. Tampoco es ese incidente de Colorado el único en el crecimiento del poder militar en Estados Unidos. Apenas hay una huelga en la que las tropas y la milicia no acudan al rescate de quienes ostentan el poder, y en la que no actúen con tanta arrogancia y brutalidad como los hombres que visten el uniforme del káiser. Además, también tenemos la ley militar de Dick. ¿Acaso el autor lo había olvidado?

Una gran desgracia de la mayoría de nuestros escritores es que desconocen por completo la actualidad o que, por falta de honestidad, no se atreven a hablar de estos temas. Y así ha sucedido que la ley militar de Dick se aprobó a toda prisa en el Congreso, con escaso debate y aún menos publicidad, una ley que otorga al presidente el poder de convertir a un ciudadano pacífico en un asesino sanguinario, supuestamente en defensa del país, pero en realidad para proteger los intereses de ese partido concreto del que el presidente resulta ser portavoz.

Nuestro autor afirma que el militarismo nunca podrá alcanzar en Estados Unidos el mismo poder que en el extranjero, ya que aquí es voluntario, mientras que en el Viejo Mundo es obligatorio. Sin embargo, hay dos hechos muy importantes que este señor olvida tener en cuenta. En primer lugar, que el servicio militar obligatorio ha generado en Europa un odio profundamente arraigado hacia el militarismo entre todas las clases sociales. Miles de jóvenes reclutas se alistan a regañadientes y, una vez en el ejército, recurren a todos los medios posibles para desertar. En segundo lugar, que es precisamente el carácter obligatorio del militarismo lo que ha dado lugar a un tremendo movimiento antimilitarista, temido por las potencias europeas mucho más que cualquier otra cosa. Al fin y al cabo, el mayor baluarte del capitalismo es el militarismo. En el momento en que este último se vea socavado, el capitalismo se tambaleará. Es cierto que no tenemos servicio militar obligatorio; es decir, a los hombres no se les suele obligar a alistarse en el ejército, pero hemos desarrollado una fuerza mucho más exigente y rígida: la necesidad. ¿No es un hecho que, durante las crisis industriales, se produce un enorme aumento en el número de alistamientos? Puede que el oficio del militarismo no sea ni lucrativo ni honorable, pero es mejor que recorrer el país en busca de trabajo, hacer cola para recibir pan o dormir en albergues municipales. Al fin y al cabo, supone trece dólares al mes, tres comidas al día y un lugar donde dormir. Sin embargo, ni siquiera la necesidad es un factor lo suficientemente fuerte como para aportar al ejército un elemento de carácter y hombría. No es de extrañar que nuestras autoridades militares se quejen del «mal material» que se alista en el ejército y la marina. Esta admisión es una señal muy alentadora. Demuestra que al estadounidense medio aún le queda suficiente espíritu de independencia y amor por la libertad como para arriesgarse a pasar hambre antes que ponerse el uniforme.

Hombres y mujeres reflexivos de todo el mundo están empezando a darse cuenta de que el patriotismo es un concepto demasiado estrecho y limitado para satisfacer las necesidades de nuestro tiempo. La centralización del poder ha dado lugar a un sentimiento internacional de solidaridad entre las naciones oprimidas del mundo; una solidaridad que representa una mayor armonía de intereses entre el obrero estadounidense y sus hermanos del extranjero que entre el minero estadounidense y su compatriota explotador; una solidaridad que no teme a la invasión extranjera, porque está llevando a todos los trabajadores al punto en que dirán a sus amos: «Id y matad vosotros mismos. Ya lo hemos hecho durante demasiado tiempo por vosotros».

Esta solidaridad está despertando la conciencia incluso de los soldados, pues ellos también son carne de la carne de la gran familia humana. Una solidaridad que ha demostrado ser infalible más de una vez durante luchas pasadas, y que fue el impulso que llevó a los soldados parisinos, durante la Comuna de 1871, a negarse a obedecer cuando se les ordenó disparar contra sus hermanos. Ha dado valor a los hombres que se amotinaron en buques de guerra rusos durante los últimos años. Acabará provocando el levantamiento de todos los oprimidos y pisoteados contra sus explotadores internacionales.

El proletariado de Europa se ha dado cuenta de la gran fuerza de esa solidaridad y, como resultado, ha iniciado una guerra contra el patriotismo y su espectro sangriento, el militarismo. Miles de hombres llenan las cárceles de Francia, Alemania, Rusia y los países escandinavos, porque se atrevieron a desafiar la antigua superstición. El movimiento tampoco se limita a la clase obrera; ha acogido a representantes de todos los ámbitos de la vida, siendo sus principales exponentes hombres y mujeres destacados en el arte, la ciencia y las letras.

Estados Unidos tendrá que seguir su ejemplo. El espíritu del militarismo ya ha calado en todos los ámbitos de la vida. De hecho, estoy convencido de que el militarismo se está convirtiendo en un peligro mayor aquí que en cualquier otro lugar, debido a los numerosos sobornos que el capitalismo ofrece a aquellos a quienes desea destruir.

Ya se ha dado el primer paso en las escuelas. Evidentemente, el Gobierno se aferra a la concepción jesuítica: «Dadme la mente del niño y yo moldearé al hombre». Se adiestra a los niños en tácticas militares, se ensalza la gloria de los logros militares en el plan de estudios y se pervierten las mentes juveniles para que se adapten al Gobierno. Además, se recurre a la juventud del país mediante llamativos carteles para que se aliste en el ejército y la marina. «¡Una magnífica oportunidad para ver mundo!», clama el charlatán del Gobierno. Así, a chicos inocentes se les obliga moralmente a abrazar el patriotismo, y el Moloch militar avanza conquistando toda la nación.

El trabajador estadounidense ha sufrido tanto a manos del soldado, tanto estatal como federal, que su repulsa y su oposición hacia el parásito uniformado están plenamente justificadas. Sin embargo, la mera denuncia no resolverá este gran problema. Lo que necesitamos es una propaganda educativa dirigida al soldado: literatura antipatriótica que le ilumine sobre los verdaderos horrores de su oficio y que despierte su conciencia respecto a su verdadera relación con el hombre a cuyo trabajo debe su propia existencia.

Es precisamente esto lo que más temen las autoridades. Ya se considera alta traición que un soldado asista a una reunión radical. Sin duda, también tacharán de alta traición que un soldado lea un panfleto radical. Pero, ¿acaso no ha tachado la autoridad, desde tiempos inmemoriales, cada paso hacia el progreso de traición? Sin embargo, quienes luchan con ahínco por la reconstrucción social pueden permitirse afrontar todo eso; pues probablemente sea incluso más importante llevar la verdad a los cuarteles que a las fábricas. Cuando hayamos socavado la mentira patriótica, habremos allanado el camino para esa gran estructura en la que todas las nacionalidades se unirán en una hermandad universal: una sociedad verdaderamente LIBRE.


[1] Gustave Hervé (Brest, 1871 - París, 1944) saltó a la fama en 1901 al escribir un artículo que incluía la imagen de la bandera tricolor clavada en un montón de estiércol. Fue una firme voz antimilitarista hasta 1912, mientras ocupó el cargo de director del periódico La Guerre Sociale (La Guerra Social). Posteriormente, frustrado por la ineficacia de todos sus esfuerzos, abandonó su antimilitarismo y se volvió nacionalista y patriota, fundando junto con otros, en 1919, un partido nacionalsocialista.

[2] Theodore Roosevelt (27 de octubre de 1858 - 6 de enero de 1919), 26.º presidente de los EE. UU. Amplió el poder del Estado federal sobre la vida social y económica.

[3] El gran duque Sergio, comandante de la guarnición de Moscú y tío del zar Nicolás II, fue asesinado por el socialrevolucionario Kaliaiev.

[4] Porfirio Díaz (15 de septiembre de 1830 - 2 de julio de 1915), presidente de México durante más de 30 años (1877-1881 y 1884-1911), controló la vida política y administrativa mediante un sistema conocido generalmente como «tiranía centralizada».

[5] Guerra hispano-estadounidense (1898). El conflicto puso fin al dominio español en América (retirada de Cuba) y condujo a la adquisición de territorios por parte de EE. UU. en Asia (Filipinas) y América Latina (Guam, Puerto Rico).

[6] General «Carnicero» Weyler. General español enviado a Cuba en 1896 para sofocar la rebelión. Apodado «el Carnicero», Weyler confinó a gran parte de la población cubana en campos de concentración insalubres. Fue llamado a España en 1897.

[7] Guerra ruso-japonesa (1904-1905). El conflicto surgió de la rivalidad por el dominio de Corea y Manchuria y tuvo como resultado la victoria de los japoneses y el fin de la política expansionista de Rusia en el Lejano Oriente.


Recuperado en octubre de 2026 desde Panarchy
Título original: Patriotism. A menace to liberty. Traducido y editado en octubre de 2026 por La Conquista del Panda bajo licencia CC BY-NC-SA 4.0