Errico Malatesta
Nuestro programa
Prefacio
Nada nuevo podemos decir.
La propaganda no es y no puede ser más que la repetición continua, incansable, de aquellos principios que deben servirnos de guía en la conducta que debemos seguir en las varias contingencias de la vida.
Repetiremos, pues, con palabras más o menos diferentes, pero con un fondo constante, nuestro viejo programa socialista-anarquista-revolucionario.
1. Lo que queremos
Nosotros creemos que la mayor parte de los males que afligen a los hombres dependen de la mala organización social, y que los hombres, si quisieran y supieran cómo, podrían destruirlos.
La sociedad actual es el resultado de las luchas seculares libradas por los hombres. No comprendiendo las ventajas que podrían sacar de la cooperación y de la solidaridad, viendo en los demás hombres (excepto lo más vecinos por los vínculos de la sangre) un competidor y un enemigo, han procurado acaparar, cada uno para sí, la mayor cantidad posible de disfrutes sin preocuparse por los intereses de los demás.
Dada esta lucha, naturalmente debían salir vencedores los más fuertes o los más afortunados, y de una u otra forma, someter y oprimir a los vencidos.
Mientras el hombre no fué capaz de producir sino lo que necesitaba para su sostén, los vencedores no podían hacer otra cosa que matar al vencido y apoderarse de los alimentos por éste cosechados.
Más tarde, cuando con el descubrimiento del pastoreo y del la agricultura un hombre pudo ya producir mas de lo que necesitaba para vivir, los vencedores encontraron mas ventajoso reducir a los vencidos a esclavitud y hacerles producir para sus dueños.
Más tarde aún, los vencedores se dieron cuenta de que era más cómodo, más productivo, y más seguro explotar el trabajo ajeno con otro sistema: retener la propiedad exclusiva de la tierra y de todos los medios de trabajo, y dejar nominalmente libres a los despojados, los cuales, no teniendo ya medios con que vivir, venían obligados a recurrir a los propietarios y a trabajar para éstos en las condiciones que éstos querían.
De este modo, poquito a poco, a través de toda una red complicadísima de luchas de todo género, invasiones, guerras, rebeliones, represiones, concesiones arrancadas, asociaciones de vencidos unidos para la defensa y de vencedores unidos para la ofensa, se ha llegado al estado actual de la sociedad, en la cual unos cuantos detienen hereditariamente la tierra y toda la riqueza social, mientras la gran masa de los hombres, desheredada de todo, se ve explotada y oprimida por unos poco propietarios.
De este estado de cosas depende el estado de miseria en que generalmente se encuentran los trabajadores y por consiguiente todos los males que de la miseria derivan: ignorancia, delitos, prostitución, la abyección física causada por la desnutrición, la depresión mental, y la muerte prematura. De este modo depende la constitución de una clase especial (el gobierno), la cual, provista de medios materiales de represión, tiene la misión de legalizar y defender a los propietarios contra las reivindicaciones de los proletarios, sirviéndose, además, de esta fuerza, para crearse a sí misma ciertos privilegios y para someterse, cuando se puede, incluso hasta la misma clase propietaria. De esto depende la constitución de otra clase especial (el clero), la cual, con una serie de fábulas sobre la voluntad de Dios, sobre la vida futura, etc., procura persuadir a los oprimidos a que soporten dócilmente al opresor, y al igual que el gobierno, al propio tiempo que trabaja por el interés de los propietarios, trabaja también por sus propios intereses. De esto depende la formación de una ciencia oficial que es, en todo aquello que puede servir los intereses de la clase dominante, la negación de la verdadera ciencia. De esto, depende el espíritu patriótico, los odios raciales, las guerras, y la paz armada, más desastrosa a veces incluso que las mismas guerras. De esto depende la transformación del amor en tormento o en mercado vil. De esto depende el odio más o menos disimulado, la rivalidad, la desconfianza entre los hombres, la incertidumbre, y el miedo universal.
Es este estado de cosas lo que nosotros queremos cambiar radicalmente. Y puesto que todos estos males derivan de la lucha entre los hombres, de esta búsqueda del bienestar individual efectuada por cuenta propia y en contra de todos los demás, nosotros buscamos remediarlo, sustituyendo el odio por el amor, la competencia por la solidaridad, la búsqueda exclusiva del propio bienestar por la cooperación fraternal del bienestar de todos, la opresión y la imposición por la libertad, y la mentira religiosa y pseudo-científica por la verdad.
Por consiguiente:
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Abolición de la propiedad privada de la tierra, de las materias primas, y de los medios de producción, a fin de que nadie pueda subsistir mediante la explotación del trabajo ajeno, y teniendo todos los hombres garantizados los medios de producir y de vivir, puedan ser verdaderamente independientes y asociarse a los demás livremente en vista del interés común y conforme a las propias simpatías.
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Abolición del gobierno y de todo poder que haga ley y la imponga a los demás, o sea: abolición de las monarquías, de las repúblicas, de los parlamentarios, de los ejércitos, de los cuerpos de policías, de las magistraturas, y de todas las demás instituciones dotadas de medios coercitivos.
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Organización de la vida social mediante la obra de libres asociaciones y federaciones de productores y de consumidores, hechas y modificadas conforme a la voluntad de sus miembros, guiados por la ciencia y la experiencia, y libres de cualquier tipo de imposición que no surja de las necesidades naturales, a las cuales el hombre, convencido por aquel sentimiento de necesidad inevitable, voluntariamente se somete.
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Garantizados los medios de vida, de desarrollo y de bienestar a los niños y a todos los que no estén en estado de proveer a sus necesidades.
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Guerra a las religiones y a todas las mentiras, aunque se oculten bajo el manto de la ciencia. Instrucción científica para todos hasta en su más elevado grado.
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Guerra a todas las rivalidades y prejuicios patrióticos.
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Abolición de las fronteras y la fraternización de todos los pueblos. Reconstitución de la familia, de modo que resulte de la práctica del amor libre de todo vínculo legal, de toda opresión económica o física, y de todo prejuicio religioso.
Este es nuestro ideal.
2. Vías y medios
Hemos expuesto a grandes rasgos cuál es la finalidad que perseguimos, el ideal por el cual luchamos.
Pero no basta con desear una cosa. Si verdaderamente se quiere obtenerla es necesario emplear los medios adecuados para su conseguimiento. Y estos medios no son arbitrarios, sino que derivan necesariamente del fin al que aspiramos y de las circunstancias en las que se lucha; puesto que sí ignoraramos la elección de los medios, no alcanzariamos los fines que nos proponemos, sino otros fines, posiblemente muy opuestos a aquellos a los que aspiramos, y esto no sería más que la consecuencia natural de los medios que hemos escogido. Aquel que se pone a recorrer un camino y toma un desvío equivocado, no llega a donde quiere, sino a dónde le lleva aquel camino que recorrió.
Por lo tanto, es necesario declarar cuáles son los medios que según nosotros conducen al fin que nos proponemos y que nosotros queremos emplear.
Nuestro ideal no es uno cuyo éxito depende del individuo considerado aisladamente. Se trata de cambiar el modo de vivir en sociedad, de establecer entre los hombres relaciones de amor y solidaridad, de conseguir la plenitud del desarrollo material, moral e intelectual, no para un solo individuo, ni para los miembros de una dada clase o partido, sino para todos los seres humanos, y esto no es una cosa que pueda imponerse con la fuerza, sino que debe surgir de la consciencia iluminada de cada uno y actuarse mediante el libre consentimiento de todos.
Nuestro primer deber, pues, consiste en persuadir a la gente.
Es necesario que hagamos conscientes a la gente sobre los males que sufren y sobre la posibilidad de destruirlos. Es necesario que suscitemos en cada uno la simpatía para con los males ajenos y el vivo deseo del bien de todos.
Al que tenga hambre y frío le mostraremos cómo sería posible y fácil asegurar a todos la satisfacción de las necesidades materiales. Al oprimido y vilipendiado le diremos que se puede vivir feliz en una sociedad de libres y de iguales. Al atormentado por el odio y el rencor le mostraremos el camino para alcanzar, amando a sus semejantes, la paz y la alegría del corazón.
Y cuando hayamos conseguido hacer nacer en el ánimo de los hombres el sentimiento de rebelión contra los males injustos e inevitables que se sufren en la sociedad presente, y cuando les hayamos hecho comprender las causas de estos males y que de la voluntad humana depende eliminarlos; cuando hayamos inspirado el deseo vivo, prepotente, de transformar la sociedad en bien de todos, entonces los convencidos por el impulso propio y por el impulso de los que les precedieron en la convicción se unirán y así querrán y podrán actuar los comunes ideales.
Hemos dicho ya que sería absurdo y en contradicción con nuestro objetivo querer imponer la libertad, el amor entre los hombres. y el desarrollo integral de todas las facultades humanas por medio de la fuerza. Es necesario, pues, contar con la libre voluntad de los demás, y lo único que podemos hacer es provocar la formación y la manifestación de dicha voluntad. Pero sería igualmente absurdo y contrario a nuestro objetivo admitir que los que no piensan como nosotros vayan a impedirnos actuar nuestra voluntad, siempre que ésta no lesione su derecho a una libertad igual a la nuestra.
Libertad, por consiguiente, para todos de propagar y experimentar las propias ideas, sin otro límite que el que resulta naturalmente de la igual libertad de todos.
Pero a esto se oponen—y se oponen con la fuerza brutal— los que se benefician con los actuales privilegios; quienes dominan y reglamentan la vida social presente.
Tienen estos en sus manos todos los medios de producción, y por lo tanto suprimen, no tan solo la posibilidad de experimentar nuevos modos de convivencia social, no tan sólo el derecho de los trabajadores a vivir libremente con el propio trabajo, sino también el mismísimo derecho a la existencia, y obligan al que no es propietario a que se deje explotar y oprimir sí no quiere morirse de hambre.
Tienen a su disposición la policía, la magistratura, y los ejércitos creados expresamente para defender sus privilegios, y persiguen, encarcelan, y matan a los que tienen sometidos.
Dejando a un lado la experiencia histórica (la que demuestra que jamás una clase privilegiada se ha despojado, en todo o en parte, de sus privilegios, y que jamás un gobierno ha abandonado el poder sin que la fuerza lo haya obligado a ello) bastan los hechos contemporáneos para convencer a cualquiera de que la burguesía y los gobiernos emplean la fuerza material para defenderse, no ya contra la expropiación total, si no contra las más pequeñas pretensiones populares, y que están siempre dispuestos a las más atroces persecuciones y a las matanzas más sangrientas.
Al pueblo que desea emanciparse no le queda más que un solo camino: aquel de oponerse a la fuerza mediante la fuerza.
De cuanto hemos dicho resulta que debemos trabajar para despertar en los oprimidos el deseo de una radical transformación social y persuadirlos de que uniéndose tendrán la fuerza para vencer; debemos propagar nuestro ideal y preparar las fuerzas morales y materiales necesarias para poder vencer a las fuerzas enemigas y para organizar la nueva sociedad. Y cuando tengamos la fuerza suficiente debemos, aprovechando las circunstancias favorables que se producen o creándolas nosotros mismos, hacer la revolución social, derribando con la fuerza el gobierno, expropiando con la fuerza a los propietarios, y poniendo en común los medios de vida y de producción, e impidiendo al propio tiempo que vengan nuevos gobiernos a imponernos su voluntad y a dificultar la reorganización social hecha directamente por los interesados.
Todo esto, empero, es menos simple de lo que a primera vista podría parecer.
Tenemos que habérnoslas con hombres de la actual sociedad, hombres que están en condiciones morales y materiales pésimas, y nos engañaríamos si pensáramos que basta la propaganda para elevarles a aquel grado de desarrollo intelectual y moral que es necesario para la actuación de nuestros ideales.
Entre el hombre y el ambiente social hay una acción recíproca. Los hombres hacen la sociedad tal como ésta es, y la sociedad hace los hombres tal como éstos son, y de esto resulta una especie de círculo vicioso: para transformar la sociedad es necesario transformar los hombres y para transformar los hombres es necesario transformar la sociedad.
La miseria embrutece al hombre, y para destruir la miseria es necesario que los hombres tengan conciencia y voluntad. La eslavitud educa a los hombres para esclavos, y para liberarse de la esclavitud se necesitan hombres que aspiren a ser libres. La ignorancia deja a los hombres sin el conocimiento de las causas de sus males y sin que sepan cómo remediarlos, y para destruir la ignorancia es necesario que los hombres tengan tiempo y modo de instruirse.
El gobierno acostumbra a la gente a sufrir la ley y a creer que la ley es necesaria a la sociedad, y para abolir el gobierno es necesario que los hombres se persuadan de su inutilidad y de su nocividad.
¿Cómo salir de este círculo vicioso?
Afortunadamente la sociedad actual no ha sido formada por la voluntad esclarecida de una clase dominante que haya podido reducir todos los dominados a instrumentos pasivos e inconscientes de sus intereses. Esta sociedad es el resultado de mil luchas intestinas, de mil factores naturales y humanos agentes causales sin criterios directivos, y por consiguiente no hay divisiones netas ni entre los hombres ni entre las clases.
Infinitas son las variedades de condiciones materiales; infinitos son los grados de desarrollo moral e intelectual; y no siempre—diremos casi muy raramente— el puesto que uno ocupa en la sociedad corresponde a sus aspiraciones. Muy a menudo los hombres caen en condiciones inferiores a las que están habituados, y otros, por circunstancias excepcionalmente favorables, consiguen elevarse a condiciones superiores a aquellas en que nacieron. Una parte notable del proletariado ha logrado ya salir del estado de miseria absoluta, embrutecedora, o no ha podido reducírsele a ella; ningún trabajador, o casi ninguno, se encuentra en el estado de inconsciencia completa, de completa adaptación a las condiciones que quisieran los patronos. Y las mismas instituciones, tales como las ha producido la historia, contienen contradicciones orgánicas que son como gérmenes de muerte, los que al desarrollarse producen la disolución de la institución y la necesidad de la transformación.
De aquí la posibilidad del progreso; pero no la posibilidad de llevar, por medio de la propaganda, todos los hombres al nivel necesario para que quieran y actúen la anarquía, sin una anterior gradual transformación del ambiente.
El progreso debe marchar contemporáneamente, paralelamente en los individuos y en el ambiente. Debemos aprovechar todos los medios, todas las posibilidades, todas las ocasiones que nos deja el ambiente actual, para obrar sobre los hombres y desarrollar su conciencia y sus deseos; debemos utilizar todos los progresos realizados en la conciencia de los hombres para inducirles a reclamar e imponer aquellas mayores transformaciones sociales que son posibles y que mejor pueden abrir paso a progresos ulteriores.
Nosotros no debemos esperar actuar la anarquía limitándonos a la simple propaganda. Si así hiciéramos habríamos agotado pronto el campo de acción; habríamos convertido a todos aquellos que en el ambiente actual son susceptibles de comprender y aceptar nuestras ideas, y nuestra ulterior propaganda quedaría estéril; o si de las transformaciones de ambiente surgiesen nuevos estratos populares a la posibilidad de recibir nuevas ideas, sucedería esto sin las obra nuestra, tal vez con nuestra obra, y por lo tanto acaso en perjuicio de nuestras ideas.
Debemos procurar que el pueblo, en su totalidad o en sus varias fracciones, pretenda, imponga actué por sí mismo todas las mejoras, todas las libertades que desea, tan pronto como las desee y tenga fuerza para imponerlas, y propagando siempre entero nuestro programa y luchando siempre en pro de su actuación integral, debemos empujar al pueblo a que pretenda e imponga cada vez mayores cosas, hasta que llegue a su emancipación completa.
3. La lucha economica
La opresión que más directamente pesa sobre los trabajadores y que es causa principal de todas las sujeciones morales y materiales a que están sometidos los trabajadores, es la opresión económica, es decir, la explotación que los patronos y los comerciantes ejercen sobre los obreros gracias a la acaparación de todos los grandes medios de producción y de cambio.
Para suprimir radicalmente y sin peligro de retorno esta opresión, es necesario que todo el pueblo esté convencido del derecho que tiene al uso de los medios de producción, y que actúe este derecho suyo primordial expropiando a los detentadores del suelo y de todas las riquezas sociales poniendo éstas y aquél a disposición de todos.
¿Pero se puede ahora mismo efectuar esta expropiación? ¿Se puede hoy pasar directamente, sin grandes intermedios, del infierno en que se encuentra el proletariado al paraíso de la propiedad común?
La prueba de que el pueblo no es aún capaz de expropiar a los propietarios es que nos les expropia.
¿Qué debe hacerse mientras no llega el día de la expropiación?
Nuestro deber está en preparar el pueblo moral y materialmente para esta necesaria expropiación, e intentarla y reintentarla cada vez que una sacudida revolucionaria nos dé ocasión, hasta el triunfo definitivo. ¿Pero cómo preparamos al pueblo? ¿Cómo preparar las condiciones que hacen sea posible, no sólo el hecho material de la expropiación, sino la utilización, a beneficio de todos, de la riqueza común?
Hemos dicho anteriormente que la sola propaganda, hablada o escrita, es impotente para conquistar a nuestras ideas toda la gran masa popular. Precisa, pues, una educación práctica que sea tan pronto causa como efecto de una gradual transformación del ambiente. Precisa que a medida que se desarrollen en los trabajadores el sentido de rebelión contra los injustos e inútiles sufrimientos de que son víctimas y el deseo de mejorar sus condiciones, luchen, unidos, y solidarios, para conseguir lo que desean.
Y nosotros, como anarquistas y como trabajadores, debemos impulsarles y estimularlos a la lucha y luchar con ellos.
¿Pero son posibles en un régimen capitalista estos mejoramientos? ¿Son útiles, desde el punto de vista de la futura emancipación integral de los trabajadores?
Sean los que fueren los resultados prácticos de la lucha para las mejoras inmediatas, su utilidad principal está en la misma lucha. Con esta lucha los obreros aprenden a ocuparse de sus intereses de clase, aprenden que el patrón tiene intereses opuestos a los suyos y que no pueden mejorar de condición o emanciparse sino uniéndose y haciéndose más fuertes que los patronos. Si consiguen obtener lo que desean, estarán mejor, ganarán más, trabajarán menos, dispondrán de más tiempo para reflexionar sobre las cosas que les interesan, y sentirán en seguida mayores deseos y mayores necesidades. Si no consiguen lo que desean, se verán llevados a estudiar las causas del fracaso y a reconocer la necesidad de una mayor unión y actividad; comprenderán al fin que para vencer con seguridad y definitivamente es necesario destruir el capitalismo. La causa de la revolución, la causa de la elevación moral del trabajador y de su emancipación, saldrá ganando del hecho que los trabajadores se unan y luchen por sus intereses.
¿Pero es posible, preguntamos otra vez, que los trabajadores logren, dentro del actual estado de cosas, mejorar realmente sus condiciones? Esto depende del concurso de una infinidad de circunstancias.
A pesar de lo que sostienen algunos, no existe una ley natural (ley de los salarios) que determine la parte que corresponde al trabajador sobre el producto de su trabajo; o, si se quiere formular una ley, no puede ser más que ésta: el salario no puede descender normalmente por debajo de aquel tanto que es necesario a la vida, ni puede normalmente subir tanto que no deje ningún beneficio al patrón. Claro es que en el primer caso los obreros morirían o no percibieron ya salario, y en el segundo caso los patrones cesarían de hacer trabajar y por tanto no pagarían más salarios. Pero entre estos dos extremos imposibles hay una infinidad de grados, que van desde las condiciones casi animalescas de gran parte de los trabajadores agrícolas hasta aquellas casi decentes de los obreros de los oficios buenos en las grandes ciudades.
El salario, la duración de la jornada de trabajo y las demás condiciones de trabajo son el resultado de la lucha entre patrones y obreros. Aquéllos procuran dar a éstos los menos posible y hacerles trabajar hasta extenuarles, y éstos procuran, o deberían procurar, trabajar lo menos posibles y ganar lo más que puedan. Allí donde los trabajadores se contentan de cualquier modo y aún descontentos no saben oponer una válida resistencia a los patrones, prontamente quedan reducidos a unas condiciones de vida animalesca; en cambio, allí donde tienen un concepto algún tanto elevado del modo cómo deberían vivir los seres humanos; donde saben unirse y mediante la huelga y la amenaza latente o explícita de rebelión imponen respeto a los patrones, éstos les tratan de modo relativamente soportable. De modo que puede decirse que el salario, dentro ciertos límites, es lo que el obrero (no como individuo, se entiende, sino como clase) pretende.
Luchando y resistiendo contra los patrones, pueden, pues, los obreros impedir, hasta cierto punto, que sus condiciones empeoren y aún obtener mejoras reales. La historia del movimiento obrero ha demostrado ya esta verdad.
Empero, es necesario no exagerar el alcance de esta lucha combatida entre obrero y patrones sobre el terreno exclusivamente económico. Los patrones pueden ceder, y a menudo ceden, ante las exigencias obreras enérgeticamente formuladas, mientras no se trate de pretensiones demasiado grandes; pero tan pronto como los obreros comiencen (y es urgente que comiencen) a pretender un tratamiento que absorba el beneficio del patrón, haciendo así una expropiación indirecta, podemos estar seguros de que los patrones llamarán al gobierno en su auxilio y procurarán obligar por medio de la violencia a los obreros a permanecer en sus posiciones de esclavos asalariados.
Y aún antes, mucho antes de que los obreros puedan pretender recibir en compensación de su trabajo el equivalente de todo lo que han producido, la lucha económica se vuelve impotentente para continuar produciendo el mejoramiento de las condiciones de los trabajadores.
Los obreros lo producen todo, y sin ellos no se puede vivir; parece, pues, que negándose a trabajar han de poder imponer lo que quieran. Pero la unión de todos los trabajadores, aún de un solo oficio, es difícil de obtener, y a la unión de los operarios se opondría la unión de los patrones. Los obreros viven al día y si no trabajan pronto se mueren de hambre, mientras que los patrones disponen, mediante el dinero, de todos los productos ya acumulados, y por lo tanto pueden esperar muy tranquilamente que el hambre reduzca a discreción a sus asalariados. El invento o la introducción de nuevas máquinas vuelve inutil la obra de gran número de obreros y aumenta el ejército de los desempleados, a quienes el hambre obliga a venderse a cualquier condición. La inmigración aporta en seguida, en aquellos países donde los trabajadores viven algo mejor, una oleada de trabajadores famélicos que, queriendo o no, ofrecen a los patrones modo de rebajar los salarios. Y todos estos hechos, derivados necesariamente del sistema capitalista, consiguen contrabalancear el progreso de la conciencia y de la solidaridad obrera: a menudo caminan más rápidamente que este progreso y lo detienen y lo destruyen. Pronto se presenta, pues, para los obreros que intentan emanciparse o simplemente mejorar de condición, la necesidad de defenderse contra el gobierno, la necesidad de atacar al gobierno que legitimando el derecho de propiedad y sosteniéndolo con fuerza brutal, constituye una barrera al progreso, barrera que debe derribarse con la fuerza de no querer permanecer indefinidamente en el estado actual o peor.
De la lucha económica hay que pasar a la lucha política, es decir, a la lucha contra el gobierno; y en lugar de oponerse a los millones de los capitalistas con los escasos céntimos que los obreros han reunido con dificultad, se hace preciso oponerse a los fusiles y a los cañones que defienden la propiedad con aquellos mejores medios que el pueblo encuentre para vencer la fuerza con la fuerza.
4. La lucha politica
Por la lucha política entendemos la lucha contra el gobierno.
Gobierno es el conjunto de aquellos individuos que detentan el poder de hacer la ley e imponerla a los gobernados, o sea, al público.
Consecuencia del espíritu de dominio y de la violencia con los cuales algunos hombres se han impuesto a los demás, el gobierno es, al propio tiempo, creador y criatura del privilegio y su defensor natural.
Equivocadamente se dice que el gobierno desempeña hoy la función de defensor del capitalismo, pero que abolido el capitalismo el gobierno se trocaría en representante y gerente de los intereses generales. Ante todo el capitalismo no podrá destruirse sino cuando los trabajadores, una vez arrojado el gobierno, tomen posesión de la riqueza social y organicen la producción y el consumo en interés de todos, por sí mismos, sin esperar la obra de un gobierno, el cual, aunque quisiera, no sería capaz de hacerlo. Pero hay más: si el capitalismo quedase destruído y se dejare subsistir un gobierno, éste, mediante la concesión de toda clase de privilegios, lo crearía nuevamente, puesto que, no pudiendo contentar a todo el mundo, tendría necesidad de una clase económicamente potente que lo apoyaría a cambio de las protecciones legales y materiales que el gobierno recibe.
Por consiguiente, no se puede abolir el privilegio y establecer sólida y definitivamente la libertad y la igualdad social, sino aboliendo el gobierno, no éste o aquél gobierno, sino la misma institución del gobierno.
Al igual que en todas las cuestiones de interés general, y en éste más que en cualquier otro, se necesita el consentimiento de la generalidad, y por esto debemos esforzarnos en persuadir a la gente de que el gobierno es inutil y dañoso, y que se puede vivir mejor sin gobierno.
Pero como ya dijimos, la propaganda por sí sola es impotente para convencer a todos, y si nosotros quisiéramos limitarnos a predicar contra el gobierno esperando pasivamente el día en que el público esté convencido de la posibilidad y utilidad de abolir por completa toda clase de gobierno, este día no vendría nunca.
Predicando constantemente contra toda especie de gobierno y siempre reclamando la libertad integral, debemos apoyar todas las luchas por las libertades parciales, convencido de que en la lucha se aprende a luchar y de que comenzando a catar la libertad se acaba queriendola toda. Nosotros debemos estar siempre con el pueblo, y cuando no consigamos hacerle pretender mucho, procurar que por lo menos pretenda algo, y debemos esforzarnos para que aprenda, poco o mucho, lo que quiera, a conquistarlo por sí mismo y a que odie y desprecie al que está en el gobierno o quiera ser gobierno.
Puesto que el gobierno tiene hoy poder para reglamentar, mediante las leyes, la vida social y ampliar o restringir la libertad de los ciudadanos, debemos, no pudiendo arrancarle aún este poder, obligarle a que haga de él un uso lo menos dañino posible. Pero esto debemos hacerlo estando siempre fuera y contra el gobierno, haciendo presión sobre él mediante la agitación de la calle, amenazando tomarnos por las malas lo que pretendemos. Jamás debemos aceptar una función legislativa cualquiera, sea general o local, porque de hacer lo contrario disminuiríamos la eficacia de nuestra acción y traicionaríamos el porvenir de nuestra causa.
La lucha con el gobierno, se resuelve, en último análisis, en lucha física, material.
El gobierno hace la ley. Este debe, pues, tener una fuerza material (ejército y policía) para imponer la ley, porque de otro modo no obedecería sino el que quisiere y la ley no sería ya ley, sino una simple proposición que cada individuo sería libre de aceptar o de rechazar. Y los gobiernos tienen esta fuerza y se sirven de ella para poder con leyes fortificar su dominio y defender los intereses de las clases privilegiadas, oprimiendo y explotando a los trabajadores.
El límite a la opresión gubernamental está en la fuerza que el pueblo se muestre capaz de openerle.
Puede haber conflicto abierto o latente, pero el conflicto siempre existe, porque el gobierno no se detiene ante el descontento y la resistencia, sino cuando siente el peligro de la insurrección.
Cuando el pueblo se somete dócilmente a la ley o la protesta es débil y platónica, el gobierno hace lo que tiene por conveniente sin preocuparse de las necesidades populares; cuando la protesta se hace viva, insistente y amenazadora, el gobierno, según sea más o menos clarividente, cede o recurre a la represión. Pero siempre se llega a la insurrección, puesto que si el gobierno no cede el pueblo acaba por rebelarse, y, si cede, el pueblo adquiere confianza en sí mismo y pide cada vez más, hasta que la incompatibilidad entre la libertad y la autoridad se hace evidente y estalla el conflicto violento.
Es necesario, por lo tanto, prepararse moral y materialmente para que cuando estalle la lucha violenta la victoria quede de parte del pueblo.
La insurrección victoriosa es el hecho más eficaz para la emancipación popular, puesto que el pueblo, sacudido ya del yugo, queda libre de darse a sí mismo aquella instituciones que cree mejores, y el tiempo que media entre la ley—siempre en retardo— y el grado de civilización que ha adquirido la masa de la población, se cruza de un salto. La insurrección determina la revolución, es decir, la actuación rápida de las fuerzas latentes acumuladas durante la precedente evolución.
Todo estriba en lo que el pueblo sea capaz de querer.
En las pasadas insurrecciones el pueblo, inconsciente de las verdaderas razones de sus males, quiso siempre muy poco y muy poco consiguió.
¿Qué es lo que querrá en la próxima insurrección?
Esto depende en parte de nuestra propaganda y de la energía que sepamos desarrollar.
Deberemos impulsar al pueblo a que expropie a los propietarios y que ponga en común la riqueza, a que organice la vida social por sí mismo, mediante asociaciones libremente constituídas, sin esperar órdenes de nadie y negándose a nombrar o reconocer un gobierno o cuerpo cualquiera que pretenda el derecho de hacer la ley e imponer su voluntad a los demás.
Y si la masa del pueblo no responde a nuestro llamamiento, deberemos—en nombre del derecho que tenemos a ser libres aunque los demás quieran continuar siendo esclavos, y por la eficacia del ejemplo— actuar cuanto podamos nuestras ideas, no reconociendo el nuevo gobierno, manteniendo viva la resistencia, y hacer de modo que los municipios que las hayan acogido simpaticamente rechacen toda injerencia gubernamental y se obstinen a vivir como les plazca.
Y deberemos, sobre todo, oponernos por todos los medios a la reconstitución de la policía y del ejército y aprovechar la ocasión propicia para llevar los trabajadores a la huelga general con todas aquellas mayores pretensiones que hayamos podido inculcarles.
Y suceda lo que suceda, continuar luchando, sin interrupción, contra los propietarios y contra el gobierno, teniendo siempre por mira la emancipación completa, económica, política, y moral de toda la humanidad.
5. Conclusión
Queremos, por lo tanto, abolir radicalmente el dominio y la explotación del hombre por el hombre, queremos que los hombres, hermanados por una solidaridad consciente y querida, cooperen todos voluntariamente en el bienestar de todos; queremos que la sociedad se constituya con el fin de suministrar a todos los seres humanos los medios de alcanzar el máximo bienestar posible, el máximo posible desarrollo moral y material; queremos para todos pan, libertad, amor, y ciencia.
Y para conseguir este fin supremo creemos necesario que los medios de producción estén a disposición de todos, y que ningún hombre, o grupo de hombres, pueda obligar a los demás a someterse a su voluntad, ni ejercer su influencia de otro modo que con la fuerza de la razón y del ejemplo.
Por consiguiente: expropiación de los detentadores del suelo y del capital a beneficio de todos; y la abolición del gobierno.
Y mientras tanto esto no se haga: propaganda del ideal; organización de las fuerzas populares; lucha continua, pacífica o violenta, según las circunstancias, contra el gobierno y contra los propietarios, a fin de conquistar toda la libertad y todo el bienestar que se pueda para el beneficio de todos.