Louise Michel
Sobre las mujeres
El ser, al igual que la especie[1], crece y florece en hojas y flores. Al igual que los frutos verdes, solo serviremos para abonar la tierra, pero quienes vengan después de nosotros llevarán la semilla de la justicia y la libertad.
La savia que asciende, en nuestra época de transición, es poderosa. De los cruces humanos de hoy, a través de infinitas vicisitudes, solo pueden nacer especies revolucionarias, incluso entre aquellos que niegan la inminencia de la Revolución.
La lenta evolución ha llegado a su fin; es necesario que la crisálida rompa la vieja piel; eso es la Revolución.
Desde que la humanidad yace con las alas envueltas, han germinado nuevos sentidos; incluso físicamente, el nuevo ser humano ya no se nos parecerá.
Muramos, pues, miserables como somos, y que se derrumben sobre nosotros nuestros monstruosos errores, hasta el último; y que la especie humana se despliegue y viva allí donde se degollaba al rebaño humano.
Salve a la humanidad libre y fuerte que no comprenderá cómo durante tanto tiempo hemos vegetado como nuestros antepasados de las cavernas, ya sin devorarnos la carne unos a otros (ya no somos lo bastante fuertes), pero devorándonos la vida.
¿Acaso hoy en día las multitudes no se hunden en hecatombes y miserias incontables para el mero placer de unos pocos, con la única diferencia respecto a la época de nuestros antepasados de que ahora es a mayor escala?
¿Acaso no se segaban los pueblos como si fueran cosechas? Al segar los rastrojos, se sacude el grano sobre la tierra para la primavera secular; cada gota de sangre de los cruces humanos hierve en nuestras venas; es en esta tormenta donde surgirá la renovación.
Si la Revolución que retumba bajo la tierra dejara algo del viejo mundo, ¡habría que volver a empezar desde cero! Por lo tanto, la vieja piel de la crisálida humana desaparecerá para siempre. La mariposa debe desplegar sus alas, salir sangrando de su prisión o perecer.
¡Salve a la especie de sangre caliente y rubicunda en la que todo será justicia, armonía, fuerza y luz!
En aquellos tiempos, se tomará siempre el camino recto en lugar de buscar millones de desvíos, y los pequeños destellos titilantes que se confunden con estrellas, y que apenas son luciérnagas, desaparecerán en la claridad del día.
¡Qué debacle, amigos míos, en todas esas viejas cajas de errores! Seremos barridos por ese polvo; intentemos al menos que sea de la forma menos estúpida posible.
He visto allí, en los bosques de Caledonia, derrumbarse de repente, con un suave crujido de tronco podrido, viejos niaulíes que habían vivido su cuasi eternidad como árboles. Cuando el remolino de polvo desapareció, solo quedó un montón de cenizas sobre el que, como coronas de cementerio, yacen ramas verdes: los últimos brotes del viejo árbol, arrastrados por el resto. Las miríadas de insectos que se multiplicaban allí desde hacía siglos quedan sepultados bajo el derrumbe. Algunos, removiendo con dificultad las cenizas, contemplan, asombrados e inquietos, la luz del día que los mata; sus especies, nacidas en la sombra, no soportarán la luz. Así, habitamos el viejo árbol social, que nos empeñamos en creer muy vivo, mientras que el más mínimo soplo lo aniquilará y dispersará sus cenizas.
Ningún ser escapa a las transformaciones que, al cabo de unos años, lo han cambiado hasta la última partícula. Luego llega la Revolución, que lo sacude todo con sus tormentas.
¡Ahí es donde nos encontramos! Los seres, las especies y, dentro de las especies, esas dos partes de la humanidad: el hombre y la mujer, que deberían caminar de la mano y cuyo antagonismo perdurará mientras la más fuerte mande o crea mandar sobre la otra, reducida a las artimañas y al dominio oculto, que son las armas de los esclavos. Por todas partes se libra la lucha.
Si se reconociera la igualdad entre ambos sexos, sería una brecha notable en la estupidez humana. Mientras tanto, la mujer sigue siendo, como decía el viejo Molière, el caldo del hombre. El sexo fuerte llega incluso a halagar al otro calificándolo de «bello sexo».
Hace ya mucho tiempo que acabamos con esa «fuerza», y somos muchas las que nos hemos rebelado, ocupando sencillamente nuestro lugar en la lucha, sin pedirlo. —¡Podríais negociar hasta el fin del mundo!
Por mi parte, compañeras, no he querido ser el «caldo» del hombre, y me he abierto camino por la vida, junto a la vil multitud, sin entregar esclavas a los césares.
A ella también, a la vil multitud, se la halaga de vez en cuando, se la llama «el pueblo-rey». Digamos algunas verdades a las fuerzas dominantes del género humano; nunca podremos decir demasiado al respecto.
Y, para empezar, hablemos de esa fuerza, forjada a partir de nuestras cobardías: es mucho menos grande de lo que parece.
Si el diablo existiera, sabría que, aunque el hombre reine haciendo mucho ruido, es la mujer la que gobierna en silencio. Pero todo lo que se hace en la sombra no vale nada; ese poder misterioso, una vez transformado en igualdad, hará desaparecer las pequeñas vanidades mezquinas y los grandes engaños; entonces ya no habrá ni la brutalidad del amo, ni la perfidia del esclavo.
Este culto a la fuerza nos remite a la época de las cavernas; es habitual entre los salvajes, al igual que entre los primeros pueblos del mundo.
[…]
Nunca he entendido que haya un sexo al que se intente atrofiar la inteligencia, como si hubiera demasiada en la especie.
A las chicas, criadas en la ignorancia, se las deja indefensas a propósito para poder engañarlas mejor: eso es lo que se busca. Es exactamente como si te arrojaran al agua después de haberte prohibido aprender a nadar, o incluso de haberte atado las extremidades.
Con el pretexto de preservar la inocencia de una joven, se le deja soñar, en una profunda ignorancia, con cosas que no le causarían ninguna impresión si las conociera a través de simples cuestiones de botánica o de historia natural.
Entonces sería mil veces más inocente, pues pasaría con serenidad por mil cosas que ahora la perturban: todo lo que es una cuestión de ciencia o de naturaleza no perturba los sentidos.
[…]
En todas partes, el hombre sufre en esta sociedad maldita; pero ningún dolor es comparable al de la mujer.
En la calle, es una mercancía. En los conventos, donde se esconde como en una tumba, la ignorancia la oprime, las normas la atrapan en su engranaje, triturándole el corazón y el cerebro. En el mundo, se doblega ante el asco; en su hogar, la carga la aplasta; el hombre quiere que ella siga así, para asegurarse de que no se entrometa ni en sus funciones ni en sus títulos.
¡Tranquilos, señores; no necesitamos el título para asumir vuestras funciones cuando nos plazca!
¿Vuestros títulos? ¡Bah! No nos gustan los harapos; haced con ellos lo que queráis; están demasiado remendados, son demasiado estrechos para nosotras. Lo que queremos es la ciencia y la libertad.
¿Vuestros títulos? No está lejos el momento en que vendréis a ofrecérnoslos, para intentar, con ese intercambio, restaurarlos un poco. Quédate con esos harapos, no los queremos. Nuestros derechos ya los tenemos.
¿Acaso no estamos a vuestro lado para librar la gran batalla, la lucha suprema? ¿Os atreveréis a reservar una parte para los derechos de las mujeres, cuando hombres y mujeres hayan conquistado los derechos de la humanidad?
[1] Se ha traducido el término "race" por "especie" al ser un término científicamente más preciso. (N. del T.)